El pasado más remoto del universo no ha desaparecido. Simplemente se ha alejado tanto que su luz apenas nos alcanza. Pero cuando lo hace, nos revela fragmentos de una historia que aún no entendemos del todo. Y a veces, en medio de esa oscuridad milenaria, aparece una señal inesperada. El telescopio James Webb, diseñado precisamente para mirar allí donde nadie había llegado antes, ha captado uno de esos destellos: la posible existencia del agujero negro supermasivo más antiguo jamás observado, oculto en el corazón de una galaxia recién nacida.
La protagonista de este hallazgo es GHZ2, una galaxia tan lejana que su luz ha tardado 13.400 millones de años en llegar a nosotros. Eso la sitúa en una etapa muy próxima al Big Bang, cuando el universo apenas había comenzado a estructurarse. Gracias a los instrumentos NIRSpec y MIRI del James Webb, los astrónomos han obtenido un espectro infrarrojo dominado por líneas de emisión inusualmente intensas. Estas señales, desplazadas por la expansión cósmica, apuntan a la presencia de una fuente energética tan potente que difícilmente podría explicarse por la simple formación de estrellas jóvenes.
La clave está en una línea concreta: C IV λ1548, correspondiente al carbono triplemente ionizado. El nivel de energía necesario para generar esta firma espectral supera con creces lo que pueden producir las estrellas masivas de forma habitual. “Eliminar tres electrones requiere un campo de radiación extremadamente intenso, lo cual es muy difícil de lograr solo con estrellas”, explica en El Confidencial el investigador Óscar Chávez Ortiz, autor principal del estudio. Este rastro químico ha llevado al equipo a proponer que GHZ2 podría albergar un núcleo galáctico activo, alimentado por un agujero negro en fase de crecimiento.
Lo interesante es que GHZ2 no presenta todos los indicadores clásicos de actividad nuclear. No hay señales claras de jets relativistas ni de estructuras de acreción bien definidas. Esto ha llevado a plantear escenarios intermedios: la posible coexistencia de una formación estelar muy vigorosa junto a un agujero negro supermasivo que aún no ha alcanzado su madurez. También se exploran hipótesis sobre mecanismos de ionización poco documentados en galaxias tan jóvenes, lo que convierte a GHZ2 en un caso singular y difícil de encajar en los modelos actuales.
The James Webb telescope may have detected the universe’s earliest and most distant known black hole at the heart of galaxy GHZ2, revealing how the first black holes grew just a few hundred million years after the Big Bang. https://t.co/aFbD0Es0G7
— Live Science (@LiveScience) November 24, 2025
Si se confirma la naturaleza del objeto, estaríamos ante el agujero negro más remoto jamás detectado. Y eso reaviva una pregunta crucial: ¿cómo se formaron los primeros agujeros negros del universo? Algunos modelos plantean que nacieron como “semillas ligeras”, restos de las primeras estrellas, y crecieron aceleradamente. Otros sostienen que ya eran “semillas pesadas”, con masas iniciales elevadas. Determinar cuál de estas vías es la correcta no solo ayuda a entender la evolución de los núcleos galácticos, sino que define en buena parte la arquitectura del cosmos tal como lo conocemos.
El James Webb, con su capacidad para captar el universo en su infancia, sigue abriendo puertas a lo desconocido. GHZ2 es ahora un laboratorio cósmico donde se ponen a prueba nuestras ideas sobre el origen de las grandes estructuras. Las observaciones complementarias con el conjunto de radiotelescopios ALMA serán clave para confirmar o descartar la presencia de ese agujero negro primigenio. Mientras tanto, la comunidad científica afina sus instrumentos, ajusta sus modelos y se prepara para un futuro en el que mirar atrás sea la mejor forma de avanzar.
A veces me pregunto cómo es posible que una galaxia tan lejana siga hablando. Cómo, después de tanto tiempo y tanta distancia, aún se puede captar una señal tan nítida, tan reveladora. Pensar que un agujero negro —símbolo de lo invisible— nos susurra desde el origen del tiempo, tiene algo de poético. Algo que invita a escuchar con más atención. Porque en esa lejanía, quizá esté escrita la historia de todo lo que vino después.
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