Hay generaciones que llegan con gloria y otras que lo hacen con dudas. Apple lleva ya cerca de dos décadas perfeccionando el ritual de cada nuevo iPhone: una keynote medida al milímetro, un calendario imperturbable y una estructura de precios que apenas se ha movido, mientras todo lo demás sí lo hacía. Pero el contexto ha cambiado. Y el iPhone 18, lejos de heredar esa inercia, se enfrenta a uno de los panoramas más complejos que ha conocido la compañía desde que el producto existe.
Según el veterano analista Ming-Chi Kuo, Apple ha tomado una decisión inusual: no subirá los precios de su próxima generación, pese al fuerte encarecimiento de componentes clave, especialmente la memoria. En un momento en que las grandes tecnológicas se ven obligadas a ajustar al alza sus catálogos o reducir especificaciones para amortiguar el impacto, Apple opta por otra vía: mantener los precios intactos y asumir el golpe en sus márgenes. Es una apuesta valiente —y costosa— que solo una empresa con su escala y músculo logístico podría permitirse.
La presión no viene de dentro, sino de fuera. El auge de la inteligencia artificial ha disparado la demanda de chips de memoria, provocando una escalada de precios de la que ya venimos informándoos desde hace algunos meses. Apple, como casi nadie, puede blindarse frente a esa tensión: controla sus cadenas de suministro, negocia con ventaja y planea a largo plazo. Pero incluso así, el impacto será visible. Las previsiones de margen bruto ya asumen un deterioro, que la compañía espera compensar con los ingresos recurrentes de servicios.
A todo esto se suma una novedad aún más atípica: el lanzamiento escalonado del iPhone 18. Si se cumplen las previsiones actuales, los modelos premium —iPhone 18 Pro, Pro Max y posiblemente el esperado iPhone plegable— llegarán en otoño de 2026. En cambio, los modelos básicos —el iPhone 18 estándar, el nuevo 18e, junto con la segunda generación del Air— podrían retrasarse hasta la primavera de 2027. Una maniobra inusual en una compañía que siempre ha defendido la sincronización absoluta de su línea de producto como símbolo de coherencia y control.
Esta división en dos oleadas plantea preguntas difíciles. ¿Está Apple priorizando lo que le resulta más rentable? ¿Busca ganar tiempo ante la volatilidad del mercado? ¿O quiere simplemente proteger su imagen congelando los precios oficiales, aunque el coste real para el usuario suba, al no haber alternativas más asequibles hasta meses después? Lo cierto es que lanzar primero los modelos más caros tiene un efecto directo: eleva el ticket medio, sin necesidad de mover una sola cifra en la tabla de precios.
La estrategia no es nueva, pero sí arriesgada en este contexto. Apple confiaría en su capacidad para absorber el golpe inicial y recuperar terreno con servicios, suscripciones y ecosistema. Su historial reciente le da cierta razón: los ingresos por servicios no han dejado de crecer, y los datos del iPhone 17 muestran una demanda muy sólida. Pero el mercado es menos indulgente que antes, y el margen de error, más estrecho. Un paso en falso puede tener más consecuencias ahora que en ciclos anteriores.
No es habitual ver a Apple en esta posición. Y quizá por eso, este iPhone 18 se siente distinto incluso antes de existir. No por su diseño ni por sus funciones, sino por lo que implica como producto: una apuesta forzada por la estabilidad en un entorno que tiende al caos. Si acierta, volverá a marcar el ritmo. Si no, será la primera vez en mucho tiempo que un iPhone llega tarde… y con la presión encima.
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