Hay infraestructuras que pasan desapercibidas hasta que dejan de existir. Durante casi cuatro décadas, un cable submarino descansó en el fondo del Atlántico transportando luz entre continentes, sosteniendo llamadas telefónicas primero y tráfico digital después, mientras el mundo cambiaba por completo en la superficie. Ahora, ese mismo cable está siendo retirado del lecho marino, desmontado tramo a tramo, como si se tratara de una cápsula del tiempo tecnológica.
Su nombre era TAT-8, siglas de Trans-Atlantic Telephone. Cuando entró en servicio el 14 de diciembre de 1988, se convirtió en el primer sistema transoceánico de fibra óptica capaz de unir Europa y Estados Unidos mediante pulsos de luz. Hasta entonces, los cables submarinos utilizaban cobre y tenían limitaciones claras de capacidad. La fibra óptica había demostrado su potencial en tierra firme durante los años setenta, pero extenderla a miles de kilómetros bajo el océano era un salto técnico comparable, en su momento, a una pequeña conquista espacial.
El TAT-8 no solo inauguró una nueva generación de telecomunicaciones, también anticipó el mundo hiperconectado que hoy damos por sentado. Fue testigo de la caída del Muro de Berlín, del nacimiento de la World Wide Web, del auge y caída de las puntocom y del despegue de las redes sociales. Paradójicamente, aquello que en su día parecía revolucionario quedó pronto superado: en apenas 18 meses el sistema ya estaba al límite de su capacidad, y nuevas generaciones de cables comenzaron a multiplicarse por los fondos oceánicos.
Hoy existen cerca de 600 cables submarinos activos que transportan la práctica totalidad del tráfico intercontinental. Frente al imaginario popular —que suele invocar satélites o incluso tiburones mordiendo cables— la realidad es que la red global depende de millones de kilómetros de fibra óptica tendidos bajo el mar. Los satélites desempeñan un papel complementario, especialmente en zonas remotas, pero en términos de capacidad y estabilidad los cables siguen siendo la columna vertebral de Internet.
Imagen: ResearchGate
La retirada del TAT-8 también desmonta otro mito: el de la infraestructura invisible. Sacar un cable del fondo del océano es una operación compleja que requiere barcos especializados, coordenadas milimétricas y tripulaciones entrenadas para “pescar” el cable con ganchos y cabrestantes. Nada hay de automático en este proceso. Cada repetidor —los dispositivos que amplificaban la señal óptica a lo largo de miles de kilómetros— pesa cientos de kilos y debe ser manipulado manualmente. Es un trabajo físico, paciente y profundamente humano.
Una vez en tierra, el cable no termina en un museo, sino en plantas de reciclaje. El cobre, el acero y el polietileno que lo componen se separan y reutilizan. En un contexto en el que la demanda mundial de cobre amenaza con superar la oferta en la próxima década, recuperar miles de kilómetros de material de alta calidad no es un detalle menor. La fibra en sí apenas puede reaprovecharse, pero el resto del conjunto vuelve a entrar en la cadena industrial.
El final de este cable submarino no marca el fin de una era en términos técnicos —la red global nunca ha dejado de expandirse—, pero sí simboliza el cierre de un capítulo fundacional. TAT-8 fue el primer hilo de luz que cosió continentes a escala moderna. Su retirada recuerda algo que a menudo olvidamos: Internet no es una nube abstracta, sino una red física de vidrio, metal y personas que trabajan, muchas veces lejos de la vista, para que la comunicación instantánea parezca algo natural.
Más información / Imagen principal: Science Museum Group
La entrada Adiós al cable submarino que cambió Internet se publicó primero en MuyComputer.
HistoriaInternetNoticiasTECHNOLOGYTecnologíaTelecomunicacionesWorld Wide Web

