La rivalidad en el sector tecnológico no solo se libra en los escaparates ni en las campañas de marketing. Detrás de cada producto icónico hay años de investigación y desarrollos cuya protección se convierte en una prioridad estratégica. En este escenario, Apple ha vuelto a verse envuelta en un caso que pone sobre la mesa uno de los riesgos más serios de la industria: el robo de secretos comerciales. La compañía ha presentado una demanda contra un exingeniero de su equipo de Apple Watch al que acusa de sustraer información sensible y compartirla con la china Oppo.
El acusado es el doctor Chen Shi, quien trabajó en Apple desde 2020 como arquitecto de sistemas de sensores para el Apple Watch. Durante ese tiempo tuvo acceso a materiales críticos: documentos de diseño, hojas de ruta de producto y avances relacionados con sensores de salud tan delicados como el electrocardiograma integrado en el reloj. Según Apple, antes de abandonar la empresa, Shi descargó al menos 63 archivos de una carpeta protegida y participó en reuniones técnicas sobre la evolución de los sensores, para después marcharse a Oppo, donde habría liderado proyectos en la misma área.
La denuncia presentada por Apple incluye detalles que refuerzan sus sospechas. Entre ellos figuran búsquedas realizadas en su MacBook con frases como “cómo borrar un MacBook” o “si alguien puede saber si abrí un archivo compartido”, lo que apuntaría a una intención deliberada de ocultar sus movimientos. También se mencionan mensajes a colegas de Oppo en los que supuestamente coordinaba la transferencia de información. Para Apple, no se trata de un error puntual, sino de un caso planificado de apropiación indebida de su propiedad intelectual.
Oppo, por su parte, ha negado cualquier implicación en los hechos y afirma que respeta la propiedad intelectual de terceros, además de mostrarse dispuesta a colaborar con las investigaciones. Sin embargo, la sola sospecha ya es suficiente para situar a la compañía en un terreno incómodo. En un mercado donde la reputación y la percepción de integridad tecnológica son casi tan importantes como el producto, estar asociado a una demanda de esta naturaleza puede tener efectos duraderos.
No es la primera vez que Apple enfrenta un caso de este tipo. En los últimos años ya demandó a exempleados vinculados al desarrollo de Apple Vision Pro y a proyectos de conducción autónoma, en algunos casos relacionados con compañías competidoras directas. El denominador común es la enorme cantidad de recursos invertidos en I+D y la necesidad de blindar ese capital intelectual frente a filtraciones. El Apple Watch, en particular, ha evolucionado hasta convertirse en un referente en salud digital, y sus sensores marcan diferencias notables respecto a otros dispositivos del mercado.
Lo ocurrido también conecta con una realidad más amplia: el espionaje industrial es tan antiguo como la propia competencia económica. La historia de la automoción, la aviación o incluso la industria farmacéutica está plagada de episodios en los que la transferencia ilícita de conocimientos cambió el equilibrio del mercado. En la tecnología digital actual, donde los sensores biométricos, la miniaturización y la inteligencia artificial marcan el ritmo de la innovación, los secretos comerciales se han convertido en un activo de altísimo valor. Casos como este recuerdan que la disputa por la supremacía tecnológica no siempre se resuelve en los escaparates, sino también en los tribunales.
El trasfondo de estas demandas no es únicamente proteger el negocio de una compañía, sino mantener una posición estratégica en un mercado donde la innovación define la ventaja competitiva. Para Apple, que siempre ha hecho de la integración entre hardware y software su sello diferencial, perder el control de tecnologías críticas como las relacionadas con el Apple Watch supondría una amenaza a largo plazo. Para la industria en general, es la confirmación de que el espionaje industrial sigue vivo y adaptado a la economía digital.
En definitiva, este nuevo episodio no se limita a una batalla legal entre Apple y un extrabajador. Es también un recordatorio de que la innovación, cuando se traduce en productos capaces de marcar tendencia, se convierte en objeto de deseo de rivales y competidores. En la economía tecnológica del siglo XXI, proteger la propiedad intelectual no es solo una cuestión de justicia corporativa, sino una forma de garantizar que el futuro de la industria no se decida en los despachos judiciales, sino en la capacidad real de innovar.
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