PlayStation 6 aparece en el horizonte como la promesa de una nueva generación, pero el calendario de la industria ya no depende solo del ritmo habitual de renovación tecnológica. En los últimos meses el mercado del hardware se ha visto arrastrado por una corriente mucho más poderosa que el simple ciclo de consolas. La inteligencia artificial ha alterado prioridades, cadenas de suministro y estrategias empresariales, y sus efectos empiezan a sentirse en territorios que hasta hace poco parecían estables.
Según informa Bloomberg, citando a fuentes familiarizadas con los planes internos de la compañía, Sony estaría considerando retrasar el debut de su próxima consola hasta 2028 o incluso 2029. La ventana inicial apuntaba a 2027 como escenario razonable para el relevo generacional, pero la situación actual del mercado de componentes ha transformado ese horizonte en una posibilidad cada vez menos sólida. No sería la primera vez que se habla de un ajuste en el calendario, aunque la reiteración de informes en las últimas semanas sugiere que ya no se trata de un simple plan de contingencia.
El factor determinante es la crisis de la memoria, un fenómeno del que en MuyComputer ya llevamos meses informando. La adopción masiva de soluciones de inteligencia artificial ha disparado la demanda de RAM y SSD hasta niveles que tensionan la producción global. Los centros de datos dedicados a IA absorben buena parte del suministro, lo que reduce la disponibilidad para productos de consumo y eleva los precios de forma abrupta. Este escenario afecta tanto al coste directo de los componentes como a la planificación estratégica de cualquier fabricante que dependa de grandes volúmenes de memoria y almacenamiento.
En el caso de una consola de nueva generación, la memoria es un componente crucial. Determina el ancho de banda disponible para la GPU, la capacidad de gestionar mundos abiertos cada vez más complejos y la integración de funciones basadas en inteligencia artificial. Un aumento significativo en el coste de la RAM o del almacenamiento interno puede traducirse en un precio final poco competitivo o en la necesidad de recortar especificaciones. Sony se enfrenta así a una decisión delicada: lanzar PlayStation 6 en un entorno inflacionario que comprometa su atractivo comercial o esperar a que el mercado se estabilice.
El impacto no se limita a Sony. El mismo informe apunta a que Nintendo también contempla un posible aumento de precio para Nintendo Switch 2 en 2026. En noviembre, el presidente de la compañía, Shuntaro Furukawa, ya había advertido que el precio se mantendría estable salvo cambios significativos en factores externos, como aranceles u otros eventos imprevistos. El contexto actual encaja con esa definición. Si los costes estructurales siguen al alza, incluso las consolas ya lanzadas podrían verse afectadas por revisiones de precio.
La situación también proyecta sombras sobre la próxima Xbox. Aunque 2027 figura como el mejor escenario para su lanzamiento, el coste del APU conocido como Magnus, más elevado que el chip que impulsa los sistemas actuales de Sony según diversas informaciones del sector, complica la ecuación. Una consola que llegue al mercado con un precio demasiado alto rompe con la lógica tradicional del ecosistema doméstico, donde la accesibilidad resulta clave para alcanzar masa crítica. La crisis de componentes redefine así el equilibrio entre potencia y asequibilidad que ha marcado históricamente cada salto generacional.
Resulta evidente que la inteligencia artificial no solo compite por recursos computacionales, sino también por el calendario del ocio digital. PlayStation 6 simboliza la próxima etapa del videojuego doméstico, pero su debut ya no depende únicamente de la ambición técnica o de la creatividad de los estudios. Depende de una industria global sometida a tensiones inéditas. Y esa realidad confirma que la próxima generación no comenzará cuando queramos, sino cuando el mercado lo permita.
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