Durante muchos años, Twitter fue un punto de encuentro privilegiado para la ciencia. Investigadores, divulgadores y educadores encontraron en la plataforma un espacio único para compartir publicaciones, hacer networking, debatir ideas y acercar sus conocimientos al gran público. Pero ese ecosistema, tan valioso como difícil de reproducir, comenzó a tambalearse en 2022, cuando Elon Musk compró la red social e impuso cambios que afectaron de forma directa a su funcionamiento: un algoritmo cada vez menos útil, una moderación prácticamente inexistente y una proliferación de spam y extremismo que alejaron a buena parte de la comunidad científica. El resultado es que hoy, esa comunidad se está mudando masivamente a Bluesky, dejando a Twitter con un vacío difícil de ignorar.
Uno de los primeros en dar la voz de alarma fue el biólogo marino y divulgador David Shiffman, que durante años formó a más de 2.000 científicos jóvenes en el uso profesional de Twitter. Para él, la plataforma era “la conversación de cóctel más interesante del mundo”, un espacio donde la ciencia no solo se publicaba en revistas, sino que también se discutía con colegas y con el público general. Sin embargo, tras los cambios impuestos por Musk, Shiffman —como muchos otros— comprobó que Twitter había dejado de ser útil. Fue entonces cuando empezó a mirar alternativas, y en Bluesky encontró lo más parecido a aquel “Twitter dorado” que había desaparecido.
Lo que comenzó como una impresión personal se confirmó rápidamente como un fenómeno global. Cada vez más científicos seguían el mismo camino, hartos de un entorno cada vez más hostil en Twitter. La sensación era clara: ya no se trataba solo de una red incómoda, sino de un espacio que directamente jugaba en contra de sus intereses profesionales. Para documentar este movimiento, Shiffman se unió a la social scientist Julia Wester y ambos realizaron una encuesta a más de 800 investigadores, divulgadores y educadores. Los resultados, publicados en la revista Integrative and Comparative Biology, son contundentes: más del 90% había usado Twitter para informarse sobre su campo, el 85% para hacer networking y más del 77% para divulgación. Sin embargo, la mayoría coincidía en que la utilidad de la plataforma se había desplomado desde la llegada de Musk.
El dato más demoledor es que casi la mitad de los encuestados ha reducido drásticamente su uso de Twitter, y un 40% directamente ha borrado su cuenta en favor de Bluesky. Una sangría difícil de disimular. Las razones se repiten: aumento de spam, pornografía, bots y desinformación, combinados con la omnipresencia de contenidos extremistas promovidos por el sistema de verificación de pago instaurado por Musk. A todo ello se suma un algoritmo que, según los encuestados, parece diseñado para sofocar el debate constructivo y potenciar el ruido.
Por contraste, la migración a Bluesky ha resultado ser sorprendentemente sencilla. La plataforma, con un diseño muy similar al de Twitter en sus mejores tiempos, ofrece un entorno más moderado, sin algoritmos invasivos y con herramientas útiles para reconstruir redes profesionales. Y aunque muchos científicos tienen allí menos seguidores que en Twitter, la interacción es significativamente mayor. No es raro que un usuario con miles de seguidores en Bluesky logre más atención y debate que en Twitter con decenas de miles. Incluso medios como Ars Technica han confirmado que el tráfico que reciben desde Bluesky ya supera al que les llega desde Twitter, una señal clara de hacia dónde se mueve la conversación científica.
La ironía es evidente: Musk heredó un nicho extremadamente valioso y lo convirtió en un páramo. La comunidad científica, que durante años había encontrado en Twitter un aliado para amplificar su impacto, ha terminado huyendo por culpa de las propias decisiones de su nuevo dueño. Bluesky no está exento de retos —no todos los colectivos han migrado aún, y todavía es una red en construcción—, pero ha logrado consolidarse como un refugio mucho más sano y productivo que el Twitter actual, descrito por muchos usuarios como comparable a 4Chan o Truth Social en cuanto a extremismo y toxicidad.
Al final, lo que muestran los datos es que Twitter ha renunciado a uno de sus públicos más valiosos, mientras que Bluesky aprovecha la oportunidad de convertirse en el nuevo hogar digital de la ciencia. Shiffman lo resume con claridad: la conversación no ha muerto, solo se ha mudado. Y quizá sea la mejor muestra de que, por mucho que Musk intente imponer su visión, las comunidades encuentran su camino cuando se trata de defender algo tan esencial como el conocimiento.
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