Hay una sensación cada vez más extendida de que las redes sociales se han convertido en lugares ruidosos, artificiales y, en el peor de los casos, directamente inhabitables. Bots, cuentas automatizadas y contenido sintético se mezclan con conversaciones reales hasta diluirlas. En ese contexto de desconfianza permanente es donde vuelve a aparecer OpenAI, no como proveedor de herramientas de IA, sino como posible aspirante a algo mucho más ambicioso: una red social propia. No es la primera vez que se oye este rumor, pero esta vez llega con un matiz inquietante.
Según una información publicada recientemente por Forbes y que ha sido actualizada hace unas horas, OpenAI estaría trabajando de forma discreta en una red social aún en una fase muy temprana, desarrollada por un equipo mínimo de menos de diez personas. No hay calendario, ni producto visible, ni confirmación oficial. La compañía ha declinado hacer comentarios, como ya ocurrió en filtraciones anteriores. Sin embargo, lo que diferencia este rumor de otros es el enfoque que se le atribuye: no competir por engagement, sino erradicar los bots.
El objetivo declarado del proyecto sería crear una plataforma exclusiva para humanos reales, una respuesta directa a uno de los grandes males de las redes actuales. El problema no es nuevo, pero se ha vuelto especialmente visible en Twitter (otra promesa incumplida de Musk…), donde la automatización masiva de cuentas ha distorsionado debates, inflado tendencias y erosionado la confianza. OpenAI, que conoce bien el impacto de los modelos generativos en el ecosistema digital, parece ver aquí una oportunidad: una red social donde, al menos en teoría, cada cuenta corresponda a una persona real.
La propuesta que se baraja para lograrlo es, cuanto menos, polémica. Las fuentes citadas por Forbes apuntan a la posibilidad de exigir una “prueba de humanidad” basada en verificación biométrica. Entre las opciones consideradas estarían el uso de Face ID de Apple o el también muy polémico en su momento World Orb, un dispositivo de escaneo de iris desarrollado por Tools for Humanity, la empresa impulsada y presidida por Sam Altman. La idea es sencilla en su planteamiento: si la identidad biométrica es única, los bots quedarían fuera del sistema.
El problema es que la biometría no es un dato cualquiera. A diferencia de una contraseña o un número de teléfono, un iris o un rostro no se pueden cambiar. Organizaciones defensoras de la privacidad llevan años advirtiendo de los riesgos asociados a este tipo de verificación, especialmente cuando se vincula a plataformas de uso masivo. Una filtración, un mal uso o un cambio en las condiciones del servicio podrían tener consecuencias irreversibles para millones de personas. La promesa de una red “sin bots” choca aquí con una pregunta incómoda: ¿qué estamos dispuestos a entregar a cambio?
Tampoco está claro qué tipo de red social tendría sentido en el saturado panorama actual. Las fuentes apuntan a que los usuarios podrían utilizar herramientas de IA para crear contenido —imágenes, vídeos o publicaciones generadas—, algo que ya ofrecen plataformas consolidadas como Instagram o TikTok. La diferencia no estaría en el formato, sino en la identidad de quienes participan. Pero incluso ese argumento pierde fuerza cuando el mercado empieza a mostrar signos claros de fatiga frente al contenido sintético.
La competencia, además, no es menor. Twitter, Threads, Instagram, TikTok o alternativas como Bluesky ocupan ya prácticamente todos los nichos imaginables. Entrar en ese terreno exige algo más que una promesa técnica, por muy atractiva que suene. OpenAI tiene experiencia lanzando productos de enorme viralidad, como ChatGPT o Sora, pero una red social no se construye solo con tecnología: necesita masa crítica, confianza y una narrativa clara que no genere rechazo desde el primer momento.
En el fondo, estos rumores dicen tanto de OpenAI como del estado actual de las redes sociales. La idea de una plataforma “solo para humanos” resulta tentadora porque evidencia hasta qué punto hemos normalizado un Internet poblado por máquinas que simulan ser personas. Pero también plantea un dilema inquietante. Tal vez el problema de las redes no sea solo técnico, sino cultural. Y quizá la solución no pase por escanear ojos o rostros, sino por repensar qué tipo de espacios digitales queremos habitar. Si la red social de OpenAI llega algún día a existir, esa será la pregunta que no podrá esquivar.
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