Hay sistemas que envejecen con madurez, y otros que acumulan achaques con cada intento de rejuvenecimiento. En el caso de Windows 11, las actualizaciones de seguridad se han convertido en una fuente constante de problemas, parches urgentes y soluciones improvisadas. Lo que debería ser una rutina de mantenimiento acaba, cada vez más, en una cadena de correcciones sobre correcciones. La última muestra ha llegado tras el Patch Tuesday de enero, que no solo introdujo errores graves, sino que ha obligado a Microsoft a lanzar dos actualizaciones de emergencia fuera de calendario. El problema, una vez más, no estaba en el sistema base… sino en el parche que pretendía mejorarlo.
Según leemos en Forbes, Microsoft ha tenido que lanzar dos correcciones críticas para resolver fallos introducidos por la propia actualización de seguridad. Uno de los errores más graves es el que afecta a las conexiones de Escritorio Remoto, especialmente en equipos con Windows 11 versiones 24H2 y 25H2. Tras instalar la actualización de enero, muchos usuarios experimentaron fallos al iniciar sesión remotamente, con bloqueos durante la autenticación. La solución ha llegado en forma de parche específico, identificado como KB5077744, ya disponible en el catálogo oficial de Microsoft.
El segundo fallo afecta a una funcionalidad tan básica como el apagado del sistema. En equipos con Windows 11 23H2 y la opción Secure Launch activada, los usuarios descubrieron que, tras intentar apagar o hibernar el sistema, el equipo simplemente se reiniciaba, imposibilitando un apagado completo. Este error, aunque menos extendido, también ha sido reconocido por Microsoft, que ha lanzado una solución bajo el parche KB5077797. Ambos problemas, vale subrayarlo, fueron provocados directamente por una actualización supuestamente destinada a proteger el sistema.
Pero los problemas no acaban ahí. A día de hoy, al menos tres fallos siguen sin corrección oficial ni reconocimiento público por parte de Microsoft. El primero: una pantalla negra que aparece al iniciar sesión, durante segundos o incluso minutos, antes de que el sistema recupere el control. El segundo: un bug que hace que el fondo de escritorio se resetee a negro, ignorando las configuraciones del usuario. El tercero: errores con el archivo desktop.ini de Explorador de archivos, que impiden que ciertas carpetas personalizadas funcionen como deberían. Y a esto se suma un problema identificado en Outlook Classic con cuentas POP, que puede dejar el cliente bloqueado en segundo plano sin opción de reinicio limpio.
El patrón se repite: una actualización llega, rompe funciones básicas, y se lanza un parche de urgencia para remediar el daño. Lo preocupante es que este ciclo se ha vuelto casi rutinario en el ecosistema Windows, donde cada mejora prometida viene acompañada de nuevas inestabilidades. Microsoft parece atrapada en un modelo de mantenimiento continuo que prioriza la reacción sobre la prevención, sin un control de calidad suficiente antes de liberar cambios al canal estable. Y mientras tanto, son los usuarios quienes lidian con reinicios forzosos, sesiones fallidas y errores que nadie había pedido.
Windows 11 nació como una evolución contenida, con la promesa de modernizar la experiencia sin repetir los tropiezos del pasado. Pero con cada parche que necesita su propio parche, esa promesa se diluye. A estas alturas, los errores recurrentes no son una excepción, sino un síntoma de una cadena de desarrollo que prioriza el calendario sobre la fiabilidad. El hecho de que errores tan básicos —apagado, login remoto, interfaz— escapen al control interno antes del despliegue masivo debería encender todas las alarmas.
No es, ni remotamente, la primera vez que una actualización de Windows falla. Tampoco será la última. Pero cada vez que ocurre, el mensaje es el mismo: las prisas por mantener el sistema al día no pueden justificar una degradación constante de la experiencia de uso. En el caso de Windows 11, el parche ha vuelto a romper más de lo que arregla. Y Microsoft, una vez más, ha tenido que correr para reparar los daños que ella misma provocó.
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